Rotation


Elisa aspiró el aroma de su café caliente y una ráfaga de vapor dulzón se introdujo profundamente en su ser, embriagándola. Frente a ella, Javier miraba reflexivo las numerosas gotas de lluvia que caían en el alféizar de la ventana. Ambos permanecían en un profundo silencio. Sin embargo, amaban esos pocos momentos en los que tenían tiempo libre y concertaban una cita para tomar algo, para encontrarse, para volver a sentir esa complicidad que les unía por una amistad de hacía tanto tiempo. Él, tras salir de su ensoñamiento, fue el primero en romper el hielo.

—Bueno, Eli, ya me estás contando que es de ti últimamente...estás desaparecida, ni siquiera me das toques ya...

Ella le miró fijamente. Contempló su ancha complexión, su destacado sobrepeso y la gran cantidad de comida que había pedido. Y también su rostro. Javier poseía una de las sonrisas más amplias y cálidas que había visto jamás, y la mirada dulce de un niño.

Un buen amigo, decían unos. Un tierno confidente, decían otros. Un fracasado que jamás llegaría a tener novia y destacar, decían los envidiosos.

Su amigo de toda la vida.

—Últimamente estoy muy ocupada —susurró Elisa tras un sorbo de café— los ensayos están a punto de terminar y dentro de dos semanas es el estreno de la obra. No sabes lo difícil que me resulta tener tiempo para mí misma con todo el trabajo que hay que hacer...

—Dímelo a mí —le cortó afablemente Javier —que te llamo y te llamo y solo tengo por respuesta el puñetero contestador. De todos modos tampoco soy quién para criticarte, porque yo también estoy terminando un proyecto.

—¡Cómo no! Mi querido y excelentísimo don Javier Alcaide, graduado y con un máster en neurociencia, siempre inmerso en alguna tarea importante e interminable. Jamás dejaré de decírtelo, ¡eres un empollón!

Él le miró haciéndose el molesto, pero en un segundo comenzaron a reírse a carcajadas los dos.

—Ay, madre... jamás cambiarás.

—Ya me conoces —sonrió ella —por cierto...¿qué tal vas de amores? ¿alguna novedad?

—¡Que directa! ¿amores? Yo no gasto de eso.

Elisa le miró con reprobación.

—No soy quién para decirte nada, pero siempre te seré lo más sincera posible. No creo que el problema seas tú, sino tus hábitos. ¿no deberías controlarte un poco con la comida?

Javi la contempló con esos ojos profundos y enormes.

—Mira, Elisa...yo ya he asumido que no estoy hecho para estar con nadie. Además, mi organismo es así, ¿qué le voy a hacer? Disfruto con ello, me encanta comer. Si eso no le va a agradar a ninguna posible pareja, prefiero estar solo.

—No quería sonar superficial. Sabes que a mí la estética me importa un bledo, y tienes razón. Si esa persona llega, tiene que quererte por lo que eres. Y eres un amor, Javi, una persona increíble. Pero tu salud... eso es lo que me importa realmente. No es sano.

—De todos modos —comentó Javier, cambiando de tema de forma repentina —siempre te interesas por mi estado civil, pero jamás me cuentas nada del tuyo. A lo mejor soy yo el que debería preocuparse.

—Bah...— Elisa sintió el pinchazo de aquel golpe bajo —He tenido alguna aventura, pero sabes que el teatro es mi verdadero amor, y siempre lo he antepuesto a todo. Nunca se me han dado bien los hombres ni las mujeres.

—Sin embargo —puntualizó Javier, mientras daba cuenta del último finger de pollo frito —nadie diría que tu profesión es la de actriz. Tienes alma de científica; fría, calculadora y reflexiva. Creo que elegimos mal nuestros empleos.

—¡Oye! No seas prejuicioso, esto no tiene nada que ver con la personalidad. Elegimos perfectamente nuestros empleos. Pero es cierto que cambio por completo al entrar a escena. Me lleno de furor, de pasión...

—Vaya, pues dicen que ese tipo de mujer fogosa pone muchísimo al personal...

Elisa le fusiló con sus ojos azules.

—¡Calla, pedazo de tonto! Y ahora, por creerte tan gracioso, invito yo.

—¡No te atreverás!

La cuenta acabó siendo pagada por Elisa. Ya en la calle, huyeron hacia el portal de la joven porque era el que más cerca estaba y la tormenta no parecía tener intención de amainar. El tiempo de aquella quedada estaba terminando.

—Creo que mi pelo ha acabado hecho una faena —dijo Elisa mientras observaba en el cristal de una ventana su cabello negro, alborotado por el viento furioso.

De pronto, Javier le dio un repentino abrazo.

—Eres un sentimental.

—Y tú eres demasiado poco sentimental. ¿Quedaremos pronto?

—Lo que me permita "mi agenda"...hasta pronto, Javier.

Él, acostumbrado a la frialdad, de su amiga, se alejó lentamente. Elisa lo vio desaparecer calle arriba.

Cuando la joven entró en casa, descubrió algo en su chaqueta. Una flor de lirio de un blanco inmaculado se desprendió de su bolsillo izquierdo.

Javi, siempre tan detallista...

Se permitió sentir en el corazón un pequeño rayo de sol.

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