Una luz





La tenue luz lunar iluminaba el rostro macilento y sudoroso de Lexai, dándole una apariencia fantasmal. En la habitación no había más fulgor que aquel y el de un tembloroso candil, que resplandecía entre las piernas de la reina parturienta en un intento de facilitar el trabajo a la comadrona, por lo que la penumbra se cernía en la estancia ganando la batalla a la luz.

Lexai intentaba mantener el dolor a raya. Había intentado mascar hojas de Lúpulo y Pasiflora, pero los efectos sedantes de aquellas hierbas eran demasiado tenues para una mujer a punto de dar a luz. Sin embargo no podía (no debía) gritar. Sabía perfectamente que si la oían antes de lo debido, sería el fin de todo. Así que la pobre reina apretaba la mano de las dos criadas que la acompañaban, y cerraba los dientes tan fuerte que sentía que en algún momento se romperían con un chasquido.

La comadrona trabajaba afanosamente y con delicadeza, y las criadas temblaban de miedo ante la imposibilidad de expresar cualquier sonido. La tensión y la angustia se palpaban en el ambiente casi como algo físico, denso y espeso. Todas oían el estruendo que sonaba a las puertas del palacio. Retumbaba desde la lejanía y cada estallido significaba que el tiempo se estaba acabando.


—Aprisa, por favor —susurró la criada de pelo rojo y mejillas hundidas —No tardarán... moriremos todas.


—¡Cállate! Esto requiere su tiempo...—exclamó la comadrona— ¡AH! ¡Ya está! ¡Ya viene!


Una cabeza pelona comenzó a asomar lentamente entre la sangre y los fluidos y al cabo de un buen rato, un bebé vigoroso lloraba con fuerza entre los brazos de la partera con el cordón umbilical recién cortado.


— Zen...Zenda. Sí. Zenda... — susurró sin aliento la madre primeriza, y cerró los ojos. Nadie dijo nada, porque todas supieron en ese momento que la reina se había ido. La sangre era demasiada y los métodos, muy precarios. Una vida por otra. El bebé pareció llorar con más fuerza hasta que un estruendo, el más fuerte que habían escuchado hasta ahora, las distrajo de su duelo. La comadrona se dirigió esta vez a la otra criada, una mujer morena de pelo enmarañado y ojos grises.


— Llévatela. AHORA. Nosotras intentaremos escapar por el otro pasadizo. Y reza, reza todo que sepas. Ojalá esta niña sea la esperanza que necesitamos.


La joven asintió y partió hacia la oscuridad, con el corazón en un puño y con una princesa recién nacida y exiliada entre los brazos.




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